Javier Fernández Aguado durante la Semana Internacional de la Mujer 2014 junto con Salvador Molina, vicepresidente de la Fundación Woman’s Week.. Fotógrafa: Julia Martínez.
Javier Fernández Aguado durante la Semana Internacional de la Mujer 2014 junto con Salvador Molina, vicepresidente de la Fundación Woman’s Week.. Fotógrafa: Julia Martínez.

Deseo aclarar que el título de esta intervención es el título del libro que coescribí con una mujer –Lourdes Molinero- hace un par de años. Algunas de las ideas aquí mencionadas se encuentran más ampliamente tratadas en esa obra, aparecida en la editorial LID. Los interesados pueden encontrar allí, por tanto, más detalle sobre la apasionante cuestión del liderazgo femenino.

Algo más de la mitad de la población humana es femenina; el resto, masculina. ¿Existe algún motivo para que acumulen más derechos los varones? En términos biológicos por supuesto que no. Sin embargo, prácticamente todas las culturas que han existido parece que afirman lo contrario. ¿Sucedería, entonces que las mujeres son por algún motivo inferiores a los varones? Nada lo indica así –insisto-, y a pesar de todo las distintas civilizaciones de la humanidad entronizan esa visión.

Confucio llegó a afirmar: «la mujer es lo más corrupto y lo más corruptible que hay en el mundo». Siddhartha Gautama, fundador del budismo, manifestaba: «la mujer es mala, cada vez que se le presente la ocasión pecará».

En el menos malo de los casos, se instaba a la delicadeza en el trato, siempre desde el ángulo de la superioridad del varón. En un texto del Imperio Nuevo (1550-1065 a. C.), un escriba llamado Ani aconsejaba así a un hombre a punto de casarse: «si eres sabio, mantén tu casa, ama a tu mujer, aliméntala apropiadamente, vístela bien. Acaríciala y cumple sus deseos. No seas brutal, obtendrás más de ella por la consideración que por la violencia: si la empujas, la casa va al agua. Ábrele tus brazos, llámala; demuéstrale tu amor».

Ramsés II, uno de los faraones de los que cuentan con mayor documentación (remito a mi obra ‘Egipto, escuela de directivos’, LID), dejó escrito lo siguiente: «dirigí una carta llena de reproches a Hattusil, pero fue la reina Puduhepa quien me respondió, pues su esposo se hallaba ausente del palacio cuando llegó mi mensaje. El tono de la misiva era un tanto agrio, pero las mujeres nunca sabrán ser buenos diplomáticos pues con harta frecuencia se dejan llevar por sus sentimientos y pasiones, y mis reproches habían herido en lo más vivo a la soberana hitita. Fueron enviadas nuevas cartas y se alcanzó un nuevo acuerdo».

Para Aristóteles, autor de la emblemática obra ‘Ética a Nicómaco’ (LID), la posición del varón es siempre y sin duda de superioridad. Lo dejaba claro sin ambages. El texto que cito pertenece al libro VIII del libro que acabo de mencionar: «otras clases de amistad se fundamentan en la superioridad, como la del padre hacia el hijo y, en general, la del mayor hacia el más joven, la del hombre hacia la mujer y la de todo gobernante hacia el súbdito».

En la Edad Media el saber oficial se encontraba en manos masculinas, entre otros motivos, porque las mujeres no tenían acceso a los lugares donde se transmitía.

Rousseau (1712-1778), supuestamente liberal, aunque en realidad lleno de incoherencias entres sus textos y su vida, llegó a afirmar que «las mujeres en general no aman ningún arte, no se distinguen en ninguno de ellos, no tienen genio».

Schopenhauer, quizá el autor que con mayor visceralidad se ha referido a las mujeres, escribió en su obra ‘Los males del mundo’: «En lugar de bello a ese sexo hubiera debido llamárselo in estético. Pues las mujeres no aman ningún arte, no tienen el sentimiento de la poesía ni la inteligencia de la música. El ejercicio de un talento es en ellas un acto de imitación, un pretexto, una afectación explotada por sus deseos de gustar, dado que son incapaces de sentir desinterés».

En otro momento se empecinaba con terquedad:

“Si durante la vida del marido se ve obligada a no despilfarrar la hacienda, ¡cómo se desquita cuando queda viuda! Lo que las confirma en la convicción de que viven en la Tierra únicamente para malgastar el dinero que su marido les da, encargándoles el gasto de la casa”.

Resumiendo de algún modo su atroz pensamiento, Schopenhauer llegaba a aseverar que «la mujer es un animal de cabellos largos y de ideas cortas».

Grotescas afirmaciones se siguen extendiendo hasta tiempos muy cercanos al nuestro. Así, por ejemplo, los Juegos Olímpicos de la Era Moderna abrieron sus puertas a las mujeres en 1900 a pesar de que su gran estratega, Pierre de Coubertin, argumentaba que la mera presencia de la mujer en un estadio resultaba antiestética, de escaso interés y en la práctica incorrecta.

Eleanor Roosevelt, como si aspirase a ser un revulsivo, exclamaba: «nadie te puede hacer sentir inferior sin tu permiso»

Es ineludible señalar que el modo en el que la mente de la mujer observa e interpreta al mundo, con una perspectiva habitualmente amplia, supone una gran ayuda -¡ineludible!- para replantear y mejorar muchas de las instituciones y costumbres que hoy en día se dan por buenas.

Las mujeres, en términos generales, poseen una mayor inclinación hacia un conocimiento intuitivo y una conceptualización global. Sus procesos de reflexión son simultáneos, omnicomprensivos e interrelacionando una diversidad de perspectivas y elementos entre sí. La mujer procura conceptualizar una pluralidad de dificultades a la misma vez. En paralelo, tienen propensión a sentirse agobiadas con complejidades que podrían llegar a darse. Su modo de aproximación a la realidad es complementario del adoptado por los varones. Nunca debería plantearse la competencia, sino más bien la complementariedad.

Durante años, el mundo se ha visto sacudido por un nacional-machismo. En la actualidad, sería conveniente evitar la tentación de un nacional-feminismo. Soy radicalmente opuesto a un criterio de cuotas. Y también un apasionado partidario de la igualdad de oportunidades.

Para mí, no hay hombres o mujeres, sino dos modos de ser persona. No en vano, en uno de los libros de más profunda sabiduría se lee que Uomo e donna lo creò. En traducción libre: el género no es sino una de las dos maneras de ser persona.

Artículo realizado por: Javier Fernández Aguado.

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