Acabemos con la sexualización de las profesiones

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Lola Fariñas, doctora en sistemas ultrasónicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

El pasado mes de marzo la Fundación Woman’s Week a través de Celera me invitó a participar por vez primera en una mesa de debate. El tema central giraba en torno a la mujer y la tecnología, así que pronto descarté que me llamaran porque mi investigación hubiese tenido impacto en la opinión pública (espero que ese día esté al caer).

Mis compañeras de panel, líderes en sus campos, comentaron cómo están rodeadas de hombres ocupando puestos directivos en su día a día o cómo cuando participan en congresos de su sector, apenas acuden mujeres. Mi caso es un poco distinto porque mi carrera se ha desarrollado en el ámbito de la investigación científica y os podría asegurar que en mi laboratorio siempre hubo paridad — 50% mujeres, 50% hombres — claro que también sería relevante añadir, que estaba constituido por mi jefe y yo misma. Valga este ejemplo para ilustrar cómo la precariedad del sector científico, que es además desigual entre campos, dificulta un análisis basado sólo en género.

Llegados a este punto, entendí que era precisamente lo “poco común” de mis decisiones en lo académico lo que me había llevado a participar en este evento. Así que hice un ejercicio de análisis de las decisiones y del contexto que me habían llevado hasta ahí, tratando paralelamente de sustentarlo con los datos más recientes (curso 2016/17) disponibles por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Allá vamos.

Datos: MECD curso 2016/17 | Fuente: Lola Fariñas

En 2016, 1.3 millones de alumnos se matricularon en estudios de grado en universidades españolas (55% mujeres). De ellos, sólo un 1% fueron en Ingeniería de Telecomunicaciónesto quiere decir que soy bastante original en mis gustos-. De ese 1%, sólo el 20% son mujeres — bueno, al parecer soy MUY original-. Aquí aparece la denominada brecha de género. ¿Es Teleco el caso más fragante? No: Informática (12%), gestión deportiva (10%), desarrollo de software (11%)… y así hasta 18 carreras cuentan con porcentajes de mujeres inferiores al 20% (podéis consultar el ranking y todas las cifras aquí). Pero si lo vemos a la inversa, es decir, en qué carreras hay un porcentaje muy inferior de hombres, la situación empeora: Educación infantil cuenta con un 93% de mujeres y representa un volumen del 3.4% del total de matriculados (un volumen solo ligeramente inferior a la suma de los alumnos de las primeras 9 carreras con un menor porcentaje de mujeres matriculadas).

Datos: MECD curso 2016/17 | Fuente: Lola Fariñas

A la luz de los datos la brecha de género existe en ambos sentidos. Pero, ¿es esto un problema en sí mismo? No lo sería si tuviéramos la certeza de que cada uno de los individuos ha tomado la decisión de matricularse en una u otra carrera después de valorar correctamente todos los datos disponibles con total libertad. Lo problemático es que esta brecha sea a consecuencia de sexualizar unas u otras carreras. Volviendo a mi caso, si algo puedo decir es que tomar una decisión como qué estudiar a los 17 años, es difícil. Esa decisión estará impregnada de todos los datos que hemos recogido durante nuestros pocos años de vida en forma de creencias, conocidos, experiencias, conocimientos y en mayor medida, gente de nuestro círculo cercano. Cuanto más arquetípica sea una carrera o el trabajo derivado de ella, más sencillo nos será establecer una opinión y por ende, tenerla en cuenta para nuestras decisiones. Lamentablemente, los arquetipos pueden no responder a una realidad o estar salpicados de valores negativos y/o equivocados. Y no sería justo culpar sólo a los medios externos de su prevalencia, la sociedad en su conjunto somos factores propagadores de estos arquetipos como si de insectos polinizadores se tratase.

Datos: MECD curso 2016/17 | Fuente: Lola Fariñas

En la tabla podemos encontrar las carreras en las que el porcentaje de matriculados de cada sexo está más igualado. Quizá sería interesante pensar en estos casos como exitosos y buscar qué los diferencia de aquellos en los que existe una gran brecha de género, por ejemplo, ¿por qué el alumnado en arquitectura es paritario pero no el de arquitectura técnica o ingeniería industrial?. Otro tema interesante es cómo la enología o ingeniería medioambiental son relativamente jóvenes –bajo ese título, al menos-: la migración educativa al sistema de grados ha propiciado la multiplicación del número de carreras. Una posible hipótesis es que esta necesidad de las universidades por hacer marketing con los nombres de sus grados o másteres, en algunos casos haya adelantado incluso a preconcepciones que las sexualicen.

Datos: Educa 2020/GAD3 | Fuente: K.Llaneras/El País

Esta reflexión me hizo recordar la encuesta realizada por la plataforma Educa 2020 en la que se preguntó a 12.000 jóvenes de entre 16 y 19 años sobre sus referentes. La respuesta era abierta (de ahí los bajos porcentajes observados por respuesta). En los 25 primeros referentes seleccionados por los chicos, no aparece ninguna mujer mencionada de manera explícita. Algo que no ocurre al contrario. Me siento incapaz de hacer un estudio sobre las posibles causas, pero al menos quería llamar la atención sobre el hecho, ya que en la mesa se mencionó la necesidad de “más modelos femeninos” en el ámbito de la tecnología y la ciencia. Quizá en esa línea y en relación con los datos vistos, podría plantearse también la necesidad de “más modelos masculinos” en el ámbito de la educación, la salud y los servicios sociales. El día en que como sociedad aprendamos a disociar trabajo y género, sólo reclamaremos “más modelos” de los empleos que consideremos poco representados pero necesarios y ojalá entonces, los referentes de los jóvenes no tengan el sexo como factor diferenciador.

Por otra parte, durante la mesa se mencionó la posibilidad de que las mujeres se sintieran más atraídas hacia trabajos a los que se refería como “de corte más social”. Siendo esto una simplificación sobre los datos, me gustaría aprovechar la coyuntura para — hablar de mi libro– reivindicar los beneficios que sobre la sociedad tienen ciencia e ingeniería y que tanto tendemos a separar de lo que se denomina como “corte social”: la ciencia y la ingeniería son lo que hay detrás de todos los instrumentos de un quirófano, de cada medicina o en los elementos tecnológicos de inclusión social en las aulas.

Leyéndome quizá dé la impresión de que tengo muy claro qué hacer y nada más lejos de la realidad. Si me preguntaran qué tiene que estudiar mi sobrina que aún no ha cumplido dos añitos pues no tendría una respuesta clara. En esta línea, desconfío de los datos de César Alierta sobre ése porcentaje del “65% de los niños actualmente en primaria trabajarán en empleos que no existen”… Pero lo que sí que creo es que a tenor del desarrollo e implantación de la inteligencia artificial tan potenciada gracias a la recolección masiva de datos, el mercado laboral sufrirá cambios. Sean cuales sean estos cambios y lejos de temer a las máquinas como si volviésemos a tiempos de la revolución industrial, conviene no perder de vista que son muchas las competencias en las que los humanos marcan la diferencia. Así, si mi sobrina quisiera estudiar una carrera universitaria le recomendaría que no eligiese con miedo, que tampoco lo hiciera con miras a minimizar su esfuerzo, desmitificaría las ingenierías si fuese necesario, le animaría a potenciar su creatividad, a que no planificara su carrera al detalle y que más bien estuviera preparada para adaptarse a cambios e imprevistos pero sobretodo, antes de darle ningún consejo pensaría dos veces si en lo que le voy a decir hay restos de frustraciones propias, creencias equivocadas o valores negativos y de haberlos, lo pasaría por un filtro para eliminarlos convenientemente y tratar así de no propagar nuestros errores a generaciones futuras.

En cualquier caso, 5 minutos antes de que mi sobrina tenga que decidir qué estudiar, ya habremos hecho todo lo posible y en ese momento, elegirá lo que ella quiera.

Artículo realizado por: Lola Fariñas, doctora en sistemas ultrasónicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

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