Libertad, un sentimiento emocional

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“La libertad es uno de los más preciados dones que a los hombres dieran los cielos” (Cervantes).

Hablar de la libertad, pensar en  ella como algo consustancial a la persona, es una necesidad que quiero satisfacer tras mi reciente visita al campo de concentración de Sachsenhausen en Berlín. Imaginarme las vivencias, experimentar sus sentimientos ante lo acaecido, me ha hecho rememorar la importancia de ese derecho en su dimensión física y psíquica.

Puedo imaginarme el padecimiento de todas aquellas personas que sin saber porque, o mejor dicho por el solo hecho de ser judíos han sido perseguidos y exterminados en muchas ocasiones a lo largo de la historia. Puedo imaginarme el sufrimiento físico y psíquico al que fueron sometidos.

Perseguir las ideas, las creencias, o a las razas, castigarlas con la privación de libertad ha sido una constante de los gobiernos opresores, penarlas con la muerte también.

Pero la libertad, no solo es un derecho que reclama independencia y autonomía, una capacidad que empodera al ser humano para tomar decisiones, expresar opiniones o realizar  aspiraciones, un valor que asigna licencia para actuar o no, según criterio y voluntad, sino que también es un estado en el que  la persona se siente libre de coacción y/o sometimiento por parte del otro.

La característica que más destaca en la persona que hace un buen uso de la libertad, que no siempre sucede, es la capacidad de reflexión

La característica que más destaca en la persona que hace un buen uso de la libertad es la capacidad de reflexión.

Ser libre, a la hora de hacer lo que uno quiere, forma parte de nuestro ser así como también la preocupación de no conseguir satisfacer ese deseo.

Una persona deseosa de libertad es consciente de qué cumplir su deseo lleva implícito acatar unas normas y principios necesarios para la convivencia entre seres humanos. No olvida lo importante que es proteger la libertad y dignidad de quienes le rodean pero también sabe y conoce cómo oponerse a las decisiones de los demás cuando éstas invaden aspectos de su vida que no le corresponden.

La característica que más destaca en la persona que hace un  buen uso de la libertad, que no siempre sucede, es la capacidad de reflexión. Deciden bajo la lógica del pensamiento, buscan razonamientos a través de la verdad, y sopesan racionalmente que es conveniente hacer en cada situación. La libertad no es una meta, es la búsqueda de un camino. Una ruta singular e inherente a cada persona.

La libertad del hombre no es absoluta, está condicionada. No es una libertad individual sino que es una libertad compartida. Coexiste y se ejerce acompañada de otras libertades que residen junto a las de otras personas, las de aquellos que conviven con uno  y que merecen por supuesto el mismo respeto.

No hay que olvidar que el ser humano no nace libre sino que se hace libre, aprende a ser libre en la sociedad que le recibe al  nacer y es en esta donde ésta puede progresar y desarrollarse. Sociedad plagada de leyes, normas y costumbres que, si bien es verdad, hacen que la libertad no pueda ser plena, nos protege de los abusos que otros puedan hacer enarbolando también una mal entendida libertad. Tenemos que ser consciente de que la libertad debe ejercerse con justicia  y no sólo en nuestro propio beneficio.

En nuestras experiencias vitales, la libertad se ve condicionada no solo por factores exógenos, sino también por factores endógenos, por obstáculos que la disminuyen e incluso anulan. La ignorancia o ausencia de conocimientos a la hora de tomar decisiones; la violencia de querer imponer nuestra voluntad a toda costa; la perturbación que generan en nosotros el sentir de las emociones y pasiones como el miedo, la ira, el enojo o el coraje, emociones que limitan nuestra capacidad de elegir de forma libre, son algunos de ellos.

Conquistar la libertad supone, también, quitarse las ataduras que te ponen los demás.

Elsa Martí Barceló, médico de familia y directora de la Escuela de Liderazgo Emocional (ELE).

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