Liderazgo femenino por los Derechos Humanos

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Es frecuente que el análisis que se hace sobre la presencia de mujeres en los distintos ámbitos de toma de decisiones, ya sea en los consejos de administración de las empresas, en las instituciones o en los partidos políticos, se limite a una perspectiva numérica: ratios, porcentajes, cuotas… Ana Collado Jiménez, doctora en Ciencias Políticas, aporta en estas líneas una perspectiva diferente para esta manida cuestión.

Sin entrar en disquisiciones doctrinales sobre el significado de democracia, es bastante intuitiva la definición que da la Real Academia de la Lengua Española, en sus acepciones tercera y cuarta: “Doctrina política según la cual la soberanía reside en el pueblo, que ejerce el poder directamente o por medio de representantes”; y “Forma de sociedad que practica la igualdad de derechos individuales, con independencia de etnias, sexos, credos religiosos, etc.”.

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Ana Collado Jiménez, doctora en Ciencias Políticas.

Es obvio que su promoción, su consolidación y su defensa son puntos clave en la agenda internacional, y por ello reflexionaré sobre algunos ejemplos del caso actual de Venezuela, donde se está viviendo una cruenta batalla por recuperar la democracia.

Una democracia débil, como en el caso mencionado, conlleva una serie de vulnerabilidades: violencia, falta de cohesión social, fragilidad institucional e ingobernabilidad.

Y este último aspecto me lleva a una reflexión sobre qué es algo que últimamente está tan presente en nuestro lenguaje diario, por la situación política de España: la gobernabilidad.

Igual que con el término anterior, nuevamente no pretendo dar una definición académica del concepto, pero también parece intuitivo que la gobernabilidad es el resultado de la combinación de 3 elementos centrales, que son el fortalecimiento político-institucional democrático, el desarrollo socio-económico y la integración social (para que las políticas que se aplican satisfagan las necesidades básicas del conjunto de la población), y la existencia de un clima internacional que privilegie la resolución pacífica y negociada de los conflictos.

Ello, siempre, supeditado al binomio legitimidad-eficacia. Es decir, que los gobernantes gozan del reconocimiento de la ciudadanía, y ello se alimenta, se nutre y depende, además, de que las promesas que plantean se cumplan. Eso genera confianza (porque las políticas públicas, que son la ventana de la acción del gobierno, cumplen los objetivos para los que fueron propuestas). Esa eficacia redunda en mayor legitimidad, y la gobernabilidad en ese sentido se profundiza.

La conjunción de estos  elementos, sin duda, es lo que facilita la convivencia democrática, aunque ésta depende también de otros factores históricos, culturales, étnicos… e incluso de roles de género.

La convivencia democrática da la idea de relaciones múltiples entre los más diversos grupos de población, que coexisten en muchos casos; y el desafío es transitar hacia formas de relacionarse en donde los principios democráticos sean los regidores, básicamente: libertad, respeto por los demás, ausencia del uso de la fuerza o la amenaza, y la regla de la mayoría y el respeto a la minoría.

Y aquí es donde me quiero distanciar del planteamiento habitual que se utiliza para analizar la presencia o el rol de las mujeres en la democracia. Nos entiendo a nosotras como un actor más de esa convivencia democrática y, por tanto, como un actor de la gobernabilidad.

Hay un símbolo de origen indoeuropeo que me permite enlazar estas ideas en pocas palabras: la triquetra, alude a la triple dimensión de la divinidad femenina. Me fascina esta interpretación, y las repercusiones y reinterpretaciones que ha tenido a lo largo de la Historia. Doncella, madre y anciana. Y esa es la visión de la feminidad que me interesa, lejos de feminismos trasnochados.

Todas pasamos, al menos, por dos de estos tres estadios de manera natural: doncellas (es decir, jóvenes), y ancianas. Y algunas por el de madres. Y desde este rol femenino, lo cierto es que tenemos un papel particular en la convivencia democrática.

Podríamos hablar de la cuestión desde una perspectiva meramente política, y ahí se incluirían desde las leyes de cuotas para aumentar la presencia de mujeres en las instituciones, o de los derechos de voto de la mujer si retrocedemos un poco más en el tiempo.

O podemos pensar, y esta es mi propuesta, en el rol que como hijas, como madres, esposas o, en definitiva, mujeres, jugamos en esta convivencia democrática.

En América Latina, al igual que en España en muchos casos, en los años 70, 80 y sobre todo en los 90, el escenario socio-económico y político-cultural se transformó significativamente con la profundización de la globalización, los procesos de reestructuraciones económicas, y los procesos de transiciones democráticas.

Y en este contexto, los movimientos de mujeres fueron un factor de cambio muy importante, por su incorporación al mercado laboral y al panorama social y político.

Algunos movimientos luchaban por los derechos de las mujeres en el ámbito político o laboral (la lucha por los derechos de sufragio es anterior). Y, gracias a ello, hoy más de 40 países tienen leyes de cuotas electorales. Incluso, varios han sido gobernados por mujeres.

Otros movimientos luchan contra la violencia específica contra la mujer, destacando la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW por sus siglas en inglés), adoptada en 1979 por la Asamblea General de Naciones Unidas.

Y otros luchan en contextos de debilidad o ausencia de democracia, por recuperar la memoria de las víctimas de procesos dictatoriales pasados o presentes. Por ejemplo, las Damas de Blanco en Cuba, o las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina.

Hoy en día, en Venezuela, las mujeres están jugando un rol fundamental en esta lucha por la convivencia democrática, desde su rol como esposas, madres, hijas… y también con perfiles políticos propios gracias a los logros de la legislación de cuotas en estos años.

Las mujeres venezolanas siempre han sido un actor fundamental en la vida política e institucional del país, aunque no haya sido desde puestos de responsabilidad.

De hecho, en los últimos tiempos, la promesa de la democracia participativa fue el anzuelo que Chávez utilizó para organizar las comunidades populares y, en particular, a las mujeres con el fin último de ponerlas a trabajar a favor de sus batallas electorales. De hecho, una vez aprobada en 2006 la Ley de Consejos Comunales, las mujeres hicieron el trabajo de organización en los barrios y en las urbanizaciones y encabezaron la mayoría de las “vocerías”.

Y también ellas se organizaron activamente para luchar contra esta deriva totalitaria del chavismo; un ejemplo de ello son las manifestaciones del año 2001 contra el llamado Decreto 1011 que pretendía imponer la ideologización política en las escuelas. El lema de aquellas marchas era ‘Con mis hijos no te metas’.

De manera más reciente, en la situación actual de Venezuela, están surgiendo 3 tipos de liderazgos femeninos que de manera intensa luchan por recuperar la convivencia democrática.

En mi opinión, las siguientes tres mujeres son ejemplos claros de cada uno de estos tres tipos de liderazgo.

En primer lugar, María Corina Machado tuvo la valentía de enfrentar al Régimen desde su curul de la Asamblea Nacional y sufrió la más abyecta violencia política. María Corina es un perfil político propio, que fue elegida diputada de la Asamblea Nacional de Venezuela por el Estado de Miranda, siendo la candidata con más votos en la historia de la Asamblea Nacional (Parlamento de Venezuela).

El 21 de marzo de 2014 aceptó el cargo de “representante alterna” de Panamá ante la OEA, y 3 días más tarde el presidente de la Asamblea Nacional notificó que Machado había perdido su condición de diputada, de manera automática, por una violación a los artículos 149º y 191º de la Constitución de Venezuela de 1999.

En segundo lugar, destaca el rol que en esta lucha está jugando Lilian Tintori.  Su carrera de activista en Venezuela comenzó el 18 de febrero de 2014, cuando su marido, Leopoldo López, opositor al gobierno chavista de Nicolás Maduro y líder del partido Voluntad Popular, entró en la cárcel de Ramo Verde.

Y es que, recientemente, son las esposas de los presos políticos las que, con tenacidad y sin experiencia política, han abierto los ojos al mundo sobre la terrible situación de los Derechos Humanos en Venezuela.

Y, por último, otra esposa representa el tercer tipo de liderazgo: el institucional. Patricia Gutiérrez es la mujer de Daniel Ceballos. Ceballos era el alcalde de San Cristóbal. Encarcelado, los vecinos eligieron en votación a su mujer alcaldesa como alcaldesa.

Todas ellas mujeres que ejercen de madres, ejercen de profesionales, de prescriptoras en sus casas, y por esta situación de convivencia no democrática se ven en una posición donde, también, ejercen de políticas.

Ellas, desde un planteamiento pacífico, salen y presionan para reconducir la situación en el país. Ellas se han puesto a la cabeza de la lucha por la convivencia democrática en Venezuela.

Mi admiración, y mi más sincero deseo de éxito.

pluma Ana Collado Jiménez, doctora en Ciencias Políticas.

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