El fraude de la igualdad

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Durante la última década, el mundo ha sido testigo de una marea de retórica feminista en las instituciones internacionales. Sin embargo, al cerrar el primer cuarto del siglo XXI, nos enfrentamos a una realidad cruda: la justicia para las mujeres no es universal, es geográfica. Mientras que en el papel la igualdad avanza, en la práctica, la  brecha de la justicia a nivel global se ha convertido en un abismo donde los derechos fundamentales se pierden entre la burocracia, la falta de presupuesto y la polarización política. No estamos ante una falta de ideas, sino ante una crisis de implementación.

La ilusión del progreso

El primer gran obstáculo es lo que los expertos denominan justicia nominal. Muchos Estados han firmado tratados internacionales y han aprobado leyes de igualdad para cumplir con estándares globales, pero no han dotado a esas leyes de mecanismos de ejecución reales.

Según datos de este 2026, a nivel global las mujeres solo gozan del 64% de los derechos legales que protegen a los hombres. Esta cifra revela una verdad incómoda: en ámbitos como la libertad de movimiento, el acceso al empleo y la gestión de activos, el sistema legal sigue siendo una estructura diseñada por y para hombres. El problema no es solo que la ley sea injusta, sino que cuando la ley es justa, no se aplica. La impunidad sigue siendo la norma; la tasa de condenas en casos de violencia de género sigue siendo desproporcionadamente baja, generando un efecto de desincentivo: las mujeres dejan de denunciar porque el sistema no ofrece protección, sino revictimización.

Justicia Interseccional

La brecha de justicia no es una línea plana; es una red de obstáculos que se multiplican dependiendo de quién seas y dónde vivas. La interseccionalidad no es un concepto académico, es una cuestión de supervivencia.

Una justicia que solo protege a la mujer blanca, urbana y con recursos no es justicia; es un privilegio disfrazado de derecho. El feminismo de 2026 debe ser interseccional o no será feminismo.

  • La doble y triple discriminación: Para una mujer en una zona rural del Sur Global, o una mujer migrante en una metrópoli europea, el sistema legal actúa a menudo como un filtro excluyente. Las barreras idiomáticas y la falta de protocolos que entiendan realidades diversas dejan a miles de mujeres legalmente indefensas.

  • La invisibilidad estadística: Muchos gobiernos reportan avances en igualdad de manera general, ocultando que estos solo benefician a las mujeres con mayor nivel educativo o estatus legal. Sin datos desglosados por etnia, discapacidad o estatus migratorio, la justicia sigue siendo un punto ciego. Una justicia que solo protege a la mujer urbana y con recursos no es justicia; es un privilegio disfrazado de derecho.

Derechos de papel

Llegados a este punto, debemos aceptar que tener derechos sobre el papel no equivale a tener justicia en la vida. La brecha de justicia global no es un error del sistema que se corregirá solo con el tiempo; es una decisión política que se mantiene cada vez que se recorta un presupuesto para igualdad o se ignora la realidad de una mujer por su origen o su clase social.

No podemos permitir que el feminismo sea una promesa de goteo donde los avances de unas pocas tarden décadas en llegar a las demás. La pregunta para los gobiernos ya no es cuándo se alcanzará la igualdad, sino cuántas generaciones de mujeres están dispuestos a sacrificar mientras esperan.

Es el momento de exigir que las leyes dejen de ser una declaración de intenciones y se conviertan en una herramienta de transformación radical. Porque una justicia que llega tarde, que es selectiva o que es inaccesible, simplemente no es justicia.

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