La IA repite el viejo truco: mujeres en la base, hombres en la cima

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El último informe del Foro Económico Mundial dice que tardaremos 120 años en cerrar la brecha de género. Pero el dato preocupante está en la tecnología: las mujeres sostienen el trabajo precario de la IA mientras los hombres diseñan el futuro.

Si abres el informe del Foro Económico Mundial esperando buenas noticias, te llevarás una decepción. Al ritmo que vamos, la igualdad total tardará 120 años en llegar. En educación y salud estamos más cerca, pero en riqueza y poder la cosa sigue, como de costumbre, mal.

Hasta ahí, la historia conocida. Lo grave es cómo la inteligencia artificial, que venía a revolucionarlo todo, se está limitando a copiar las peores costumbres del mercado laboral de toda la vida.

Las que etiquetan datos y los que firman las decisiones

En la industria de la IA hay trabajo para las mujeres, claro que sí. El problema es en qué parte de la mesa las están sentando.

Si miras la base de la pirámide, la mitad de la plantilla son mujeres. Son las que se pasan el día etiquetando datos, clasificando imágenes o corrigiendo textos para que los algoritmos aprendan. Un trabajo mecánico, cobrado a precio de saldo, con contratos precarios y cero margen para opinar.

En cambio, si subes la mirada a la parte donde se decide qué hace la máquina y cómo se programa, la presencia femenina desaparece:

  • Menos del 20% de las personas que desarrollan e instalan estas tecnologías son mujeres.

  • En países como Estados Unidos, solo 1 de cada 4 contrataciones para puestos clave de IA son de mujeres.

  • En el mundo de las startups tecnológicas, las fundadoras no pasan del 28%. Y entre los emprendedores, un 15% de los hombres dice dominar herramientas de IA frente a un escaso 9% de las mujeres.

Al final, el patrón se repite: ellas ponen la mano de obra barata que alimenta el sistema; ellos se quedan con la ingeniería, los sueldos altos y las decisiones.

Programar el futuro con los vicios del pasado

Esto no es solo un problema de nóminas. Tiene una consecuencia peor: los algoritmos los están diseñando casi en exclusiva hombres.

Quien etiqueta un paquete de datos no decide cómo va a pensar la máquina ni qué sesgos hay que corregir. Si las mujeres quedan fuera del diseño, las herramientas que van a controlar la selección de personal, los créditos bancarios o la medicina del futuro van a nacer con los mismos prejuicios de siempre, pero multiplicados por mil.

Decir que hay más mujeres en las empresas tecnológicas ya no sirve de excusa si solo están en la parte baja de la pirámide. Mientras la IA se construya sobre la precariedad femenina, hablar de progreso seguirá siendo una broma.

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