De las Cortes de la República a Washington: la trayectoria libre de Josefina Carabias

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La periodista Josefina Carabias.

Cuando Josefina Carabias pisó por primera vez las tribunas del Congreso de los Diputados a comienzos de los años treinta, no solo inauguró la presencia femenina en las crónicas parlamentarias españolas. Inauguró, sobre todo, una manera distinta de mirar. En un oficio dominado por la solemnidad, el puro y la grandilocuencia masculina, esta joven se presentó con un arma impredecible para la época: la sencillez, la escucha y una fina ironía para reflejar la vida política tal como era, sin adornos innecesarios.

Nacida en Arenas de San Pedro en 1908, Carabias se crió en un entorno rural donde el destino habitual de las mujeres estaba trazado de antemano. Sin embargo, su empeño por estudiar la llevó a Madrid a matricularse en Derecho. Fue allí, en el hervidero intelectual de la Residencia de Señoritas, donde descubrió que su verdadera vocación no estaba en los tribunales, sino en la calle y en las páginas de los periódicos.

Su oportunidad llegó en la revista Estampa y, poco después, en el diario Ahora. No tardó en conseguir el primer carnet oficial de periodista expedido a una mujer en España. Pero más allá de la anécdota histórica, lo relevante fue su estilo. En lugar de limitarse a transcribir los discursos oficiales de los políticos de la Segunda República, bajaba al detalle cotidiano, entrevistaba a los personajes desde una cercanía casi confidencial y explicaba los grandes debates con una claridad que enganchaba al lector común.

La Guerra Civil rompió ese camino en ascenso. Su compromiso con las libertades la empujó al exilio en Francia junto a su marido, el economista Fernando de Castro. Durante años tuvo que dejar la firma en suspenso, pero la vocación permaneció intacta. A su regreso a España en los años cuarenta, bajo el yugo de la censura franquista, tuvo que reinventarse. Firmó con seudónimo, escribió sobre deportes, un ámbito insólito entonces para una mujer, y demostró una capacidad técnica impecable para seguir haciendo periodismo sin ceder en el rigor.

El reconocimiento definitivo en la madurez de su carrera llegó desde el exterior. En los años cincuenta fue nombrada corresponsal en Washington para el diario Informaciones, convirtiéndose también en la primera española en ocupar una corresponsalía en Estados Unidos. Más tarde desempeñó el mismo papel en París. Sus crónicas desde el extranjero no se centraban solo en la geopolítica de la Guerra Fría; explicaban cómo vivían los estadounidenses, los avances sociales, las contradicciones de una superpotencia y los aires de modernidad de Europa. Para una España encerrada en sí misma, leer a Josefina era abrir una ventana al mundo exterior.

Con la llegada de la Transición, regresó a las páginas de opinión y al análisis político en medios como Ya, manteniendo la misma lucidez con la que había empezado medio siglo atrás. Falleció en Madrid en 1980, dejando tras de sí varios libros de memorias e innumerables artículos.

Carabias no buscó convertirse en un mito ni abanderó su condición de pionera por vanidad. Simplemente ejerció el oficio con honestidad, valentía y una curiosidad inagotable. Su legado no es solo haber sido la primera en tantas cosas, sino haber demostrado que la mejor herramienta del periodista sigue siendo contar las cosas de forma directa, inteligente y con los pies en la tierra.

Para quienes ejercemos hoy esta profesión, recordar su figura es mucho más que un ejercicio de memoria histórica. Saber que antes de nosotras hubo mujeres como Josefina, abriendo brecha a golpe de talento, ocupando espacios donde no se nos esperaba y manteniendo la dignidad profesional frente a cualquier viento en contra, sirve de faro. Es la certeza de que cada crónica que firmamos lleva un pedazo de ese camino que ella empezó a trazar.

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