Ayer haciendo scroll vi un TikTok de Estrella Xtravaganza en el que caminando sobre las calles de mi querido barrio de Lavapiés hablaba sobre la arquitectura feminista. En el vídeo, con su característico humor y sin filtros, señalaba cómo las ciudades parecen diseñadas por personas que jamás han tenido que empujar un cochecito de bebé, cargar con las bolsas de la compra o acompañar a una abuela a paso lento por la calle. Hay una verdad incómoda y de puro cemento: nuestras ciudades no están pensadas para las mujeres.
Durante décadas, el urbanismo tradicional ha tenido un ciudadano modelo en mente: el hombre productivo que sale de su casa en coche, va a la oficina y vuelve. Un trayecto lineal y limpio. Pero, ¿qué pasa en la vida real? ¿Qué pasa con los trayectos poligonales de quienes cuidan, que van de la casa al colegio, de ahí a la farmacia, luego al supermercado y después a trabajar? La arquitectura y el diseño urbano han ignorado sistemáticamente el espacio de los cuidados, relegándolo al ámbito privado e invisible del hogar.
Para quienes habitamos la ciudad a pie, el urbanismo actual no solo es incómodo; a menudo, es hostil. Y esa hostilidad se vuelve especialmente cruda cuando cae el sol. Desgraciadamente, la inseguridad en el espacio público es una constante con la que las mujeres hemos aprendido a convivir, desarrollando un radar de peligro que dicta por qué calles caminamos, a qué velocidad y con las llaves preparadas en la mano mucho antes de llegar a la puerta.
El diseño de nuestras calles tiene un impacto directo en esa percepción del miedo. Una iluminación deficiente no es solo un problema de mantenimiento urbano; es una barrera de género. Las farolas tradicionales, pensadas para iluminar la calzada del coche y no la acera del peatón, suelen dejar las esquinas, los portales y las paradas de autobús sumidos en la penumbra. El urbanismo feminista exige cambiar el foco: necesitamos una iluminación continua, homogénea y a escala humana, que elimine los puntos ciegos, que nos permita ver y también ser vistas con claridad.
Las calles más seguras no son las que tienen más cámaras de vigilancia, sino las que están vivas. Una calle con comercios locales, plantas bajas con ventanas iluminadas, fachadas activas y terrazas genera una red de cuidado comunitario invisible pero real.
Cuando una ciudad se diseña pensando en la seguridad de las mujeres, se transforma por completo. Significa erradicar los pasadizos subterráneos, ensanchar los túneles oscuros, evitar los callejones sin salida y diseñar paradas de transporte público que no estén aisladas. Si una calle es segura para que una mujer camine sola a las tres de la mañana, también lo será para que un niño juegue por la tarde o para que una persona mayor pasee sin miedo. La seguridad, al igual que la accesibilidad, es la base indispensable para que podamos, por fin, ejercer nuestro derecho a la ciudad.
Una revolución urgente
La arquitectura feminista es una de las revoluciones más urgentes de nuestro siglo. No se trata de pintar los bancos de morado ni de un capricho ideológico; se trata de derechos humanos y de supervivencia cotidiana.
Una ciudad que ignora los cuidados, que no tiene rampas, que no ofrece un banco donde descansar, o que condena a las mujeres a caminar con miedo por la noche, es una ciudad disfuncional. Por el contrario, cuando diseñamos el espacio público pensando en las necesidades de las mujeres, de la infancia, de la vejez y de la diversidad funcional, no estamos excluyendo a nadie. Al revés: estamos creando un entorno más amable, seguro y habitable para absolutamente todo el mundo. Cuidar nos sostiene a todos; ya va siendo hora de que nuestras calles sostengan también a quienes cuidan.









