Repensar la masculinidad: un camino para erradicar la violencia

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La violencia contra las mujeres no surge de la nada ni es una fatalidad biológica. Es, sobre todo, el resultado de normas sociales que durante generaciones han enseñado a los hombres que para ser reconocidos deben ser fuertes, controlar, dominar y, en muchos casos, ejercer la violencia. Pero este modelo no es inmutable: puede transformarse.

Un informe internacional advierte que gran parte de la violencia que azota al mundo está estrechamente ligada a cómo criamos y socializamos a los hombres. El estudio: Masculine Norms and Violence: Making the Connections (Promundo-US y Oak Foundation, 2018), señala que las ideas tradicionales de lo que significa “ser hombre” contribuyen a perpetuar desde la violencia de pareja hasta las guerras.

Un mito derrumbado

Durante siglos se asumió que la agresividad masculina era inevitable, casi inscrita en la biología. Sin embargo, los autores del informe son categóricos: no existe nada en el hecho de ser varón que obligue a usar la violencia. “Los hombres no nacen violentos, son educados para serlo”, resume Gary Barker, presidente de Promundo-US.

Pero, los datos globales son contundentes: Un tercio de las mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual por parte de un hombre; tres de cada cuatro niños experimentan algún tipo de violencia cada año; los hombres son mayoría tanto entre los perpetradores como entre las víctimas de homicidios; y también, los hombres mueren casi el doble que las mujeres por suicidio.

Ademas, el informe identifica cinco mecanismos que vinculan las normas de género con la violencia:

  1. Demostrar hombría constantemente para ser aceptado por el grupo.

  2. Policía de la masculinidad, es decir, sancionar a quienes no cumplen con el modelo establecido.

  3. Reprimir emociones, bajo la creencia de que la vulnerabilidad no es masculina.

  4. Espacios masculinizados, como ejércitos o pandillas, que normalizan la agresión.

  5. Refuerzo del poder patriarcal, que sostiene jerarquías de hombres sobre mujeres y entre los mismos hombres.

Resistencia y esperanza: El cambio es posible

El estudio no se queda en el diagnóstico. Reconoce que muchos hombres resisten a estas normas y buscan alternativas: padres que crían en igualdad, jóvenes que encuentran identidad en el deporte o la música, comunidades que promueven masculinidades no violentas.

Estas historias muestran que la violencia no es un destino biológico, sino un aprendizaje social que puede desaprenderse.

El estudio hace un llamado a gobiernos, organizaciones y comunidades para:

  • Promover la igualdad de género desde la infancia.

  • Incluir la voz de las víctimas en políticas públicas.

  • Reducir las barreras para que hombres y niños busquen ayuda.

  • Atacar factores estructurales como pobreza, racismo y militarización, que alimentan la violencia.

El mensaje central del informe es esperanzador: la violencia no es inevitable. Con políticas adecuadas, educación transformadora y programas que cuestionen los modelos tóxicos de masculinidad, es posible construir sociedades más justas, equitativas y pacíficas. Es por ello, que debemos seguir trabajando e incidiendo en la importancia de educar en valores y en igualdad.

La conclusión es clara: los hombres no nacen violentos, son educados para serlo. Cambiar la masculinidad es una tarea colectiva y urgente para garantizar la igualdad de género y erradicar la violencia contra las mujeres.

El cambio no depende solo de las familias. Las instituciones educativas y los medios de comunicación tienen un papel central. Incorporar en los programas la educación en igualdad y visibilizar en la televisión, el cine o la publicidad a hombres cuidadores y sensibles ayuda a romper estereotipos. Lo que vemos y escuchamos moldea tanto como lo que nos enseñan en casa.

La transformación es posible y la violencia de género puede ser erradicada si trabajamos desde la raíz del problema.

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