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Violencia de género y jóvenes: incomprensible pero real

Ya hace años que las personas conocedoras del problema de la violencia de género alertaban de que algo estaba sucediendo con la población más joven. Consideraban que se repiten roles sexistas y que las conductas violentas contra las mujeres de corta edad están muy presentes en nuestra sociedad. Se trataba,  simplemente, de una percepción difusa, no medida ni concretada en datos, fruto de la observación en la práctica cotidiana de las personas dedicadas a trabajar sobre esta realidad. Además, provocaba una sensación extraña, de  cierta incomprensión,  porque  no  se explicaba bien  en un país que,  como España, es pionero  en todo  el mundo en su trabajo por erradicar la violencia contra las mujeres por el hecho de ser mujeres.

La Delegación  del  Gobierno  para la Violencia de Género, recogió  esta preocupación  y comenzó  a  investigar  en  profundidad  el  problema.  Impulsadas y  elaboradas intelectualmente   desde  la  Subdirección  de  Conocimiento   y  la  propia   dirección  del organismo, vieron la luz investigaciones sobre la juventud, el silencio, la percepción social de la violencia de género, la situación de los hijos e hijas de las víctimas, el ciberacoso, la mutilación genital femenina, la trata con fines de explotación sexual y, fundamentalmente, la Macroencuesta de  violencia sobre la Mujer.  Es quizás, esta última,  la herramienta más potente  de todas las que se idearon y pusieron en marcha y sirve para conocer con más exactitud, entre otros aspectos, la realidad de la violencia de género y la juventud. La Delegación, apoyada por  el Centro de Investigaciones Sociológicas que llevó a cabo el trabajo de campo, elaboró un cuestionario potente y amplio, inspirado en las recomendaciones de los organismos internacionales, los requerimientos de calidad del Comité de Estadística de Naciones Unidas y la Unión Europea (algo que ningún país hasta el momento había hecho) y realizó entrevistas presenciales, con encuestadoras formadas para este fin, a una muestra de 10.171 mujeres de dieciséis y más años.

Los resultados de esta operación estadística, de la que es titular la propia Delegación del Gobierno, están colgados en la página web del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad (www.msssi.es), a disposición del público general, con el objetivo de que pueda ser explotada y estudiada por cualquier persona que tenga interés en la materia.

La Macroencuesta de  Violencia contra  la Mujer  2015 arrojó  datos  sobrecogedores  que pasamos a reflejar en estas páginas. Pero antes, resulta útil insistir en la importancia científica, política y social de la labor investigadora y estadística en relación con la violencia de género  (y probablemente  con cualquier otro  tema sobre el que se deba  actuar). El estudio permite conocer la realidad y diagnosticarla mejor. Como consecuencia de ello, las políticas públicas pueden orientarse de manera más efectiva e incidir en los distintos aspectos que han ido apareciendo. Finalmente, y esto resulta de una importancia crucial en un  problema  que  requiere  mucha implicación  social para solucionarse, los medios  de comunicación, interesados en los datos y las reflexiones obtenidas, se han hecho mucho eco de ellos. El altavoz mediático ha ayudado a aumentar la conciencia y la sensibilización de la opinión pública acerca de los contornos y gravedad del problema y también de sus posibles soluciones, haciendo una labor social impagable.

VIOLENCIA DE GÉNERO Y JUVENTUD: REFLEXIONES PRINCIPALES

Con el fin de aportar la máxima claridad desde el comienzo de estas líneas, y antes de entrar en los datos, apuntamos ya, sintéticamente, las principales reflexiones sobre la violencia de género y la juventud que se han obtenido a lo largo de estos años. Primero, la violencia de género en general – y las específicas violencia psicológica de control y violencia emocional-, están exageradamente presentes en las mujeres de 16 a 24 años. Segundo, persisten los roles sexistas entre jóvenes. Tercero, este sector de la población  percibe la desigualdad entre hombres y mujeres en menor medida que las personas adultas. Cuarto, las personas jóvenes carecen de conciencia acerca del riesgo que, en este ámbito, pueden suponer las nuevas tecnologías y la violencia de  género  se ha proyectado,  como  todo,  a la actual realidad digital, en forma de ciberacoso. Quinto, como sus mayores, también los chicos y chicas más jóvenes normalizan las conductas menos extremas de maltrato, en buena parte porque, también como la población adulta, no detectan ni interpretan los comportamientos de violencia de género como tales. Finalmente, y de forma esperanzadora, la población joven percibe el compromiso de nuestro país en esta materia y, en cierto modo, esa percepción le sirve de cierta  inmunización frente a la violencia contra la mujer. Además, se hará una breve mención antes de concluir, a la violencia contra la mujer fuera de la pareja, haciendo referencia a los novedosos datos obtenidos al respecto, como primer paso para comenzar a ocuparse seriamente de esta cuestión.

Veamos los datos a continuación.

INCIDENCIA DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO EN LA POBLACIÓN JOVEN

Como decíamos, la primera afirmación que se obtiene de la labor de estudio realizada es que la violencia de género y la específica de control están exageradamente presentes en las mujeres de 16 a 24 años.

Según la Macroencuesta mencionada, el 11,7% de las chicas de 16 a 24 años que han tenido pareja alguna vez en la vida, han sufrido violencia física y/o violencia sexual de alguna pareja. Para el total de mujeres residentes en España de 16 y más años este porcentaje asciende al

13%. Aunque a primera vista podría parecer que la incidencia de esta violencia en las chicas jóvenes es algo menor que en el conjunto de la población femenina, es necesario tener en cuenta que las chicas de 16 a 24 años, por su edad, llevan menos años de relaciones de pareja por lo que tiene sentido que la incidencia de la violencia sufrida a lo largo de la vida sea menor. En consecuencia, es aconsejable examinar junto a la anterior la incidencia de esta violencia en los últimos doce meses. En este caso, la prevalencia de la violencia física o sexual entre las jóvenes de 16 a 24 años es bastante superior a la media de la población femenina de 16 y más años que ha tenido pareja en alguna ocasión: el 5,7% de las chicas de

16 a 24 años que han tenido  pareja alguna vez en la vida ha sufrido violencia física y/o violencia sexual de alguna pareja o expareja en los últimos 12 meses frente a un 2,8% de las mujeres de cualquier edad que alguna vez han tenido pareja.

Además de la violencia de género en sentido amplio, más en concreto, los resultados de la Macroencuesta muestran que la violencia de control está exageradamente presente en las mujeres de  16 a 24 años. Según las directrices  estadísticas de  Naciones Unidas, para determinar lo que se entiende exactamente por “violencia de control” se deben elegir unos comportamientos claros y específicos que se utilizarán al entrevistar a las mujeres, como no permitir que la pareja trabaje o estudie, controlar sus horarios, impedir a la pareja que vea a su familia o amistades y decirle las cosas que puede o no puede hacer, por ejemplo.

Pues bien, el 38,3% de las mujeres de 16 a 24 años residentes en España que han tenido pareja en alguna ocasión, han sufrido violencia psicológica de control de alguna pareja o expareja a lo largo de sus vidas, frente a un inferior porcentaje del 26,4% del total de mujeres de 16 y más años que han tenido pareja en alguna ocasión. Si se restringe el grupo de edad a las chicas de 16 y 17 años, el porcentaje aumenta todavía más, hasta el 42,6%. Por su parte, si como hemos hecho antes al hablar de la violencia en general, se analiza la incidencia de esta violencia en los últimos 12 meses, el 21,1% de las chicas de 16 a 24 años residentes en  España que  han tenido  pareja en  alguna ocasión, han sufrido  violencia psicológica de control de alguna pareja o expareja durante el último año, frente al 9,6% del total de mujeres de 16 y más años que han tenido pareja en alguna ocasión. En el caso de las chicas de 16 y 17 años el porcentaje se dispara hasta el 34,5%.

Las directrices de Naciones Unidas también  recomiendan  medir  la violencia psicológica emocional mediante preguntas relativas a comportamientos de la pareja o expareja como insultar, menospreciar, humillar delante de otras personas, asustar o intimidar a propósito o amenazar verbalmente con hacerle daño a la mujer o a alguien que es importante  para la mujer. La respuesta a estas preguntas situó en el 25% el porcentaje de las chicas de 16 a 24 años y el 19,7% de las menores de 16 y 17 años que han tenido  pareja en alguna ocasión y que habían sufrido violencia psicológica emocional a lo largo de sus vidas, frente al 22,8% del total de mujeres de 16 y más años que han tenido  pareja en alguna ocasión. Si, nuevamente, se analiza la incidencia de esta violencia en los últimos 12 meses, el

11,8% de las chicas de 16 a 24 que han tenido pareja en alguna ocasión han sufrido violencia psicológica emocional de alguna pareja o expareja durante el último año, frente al 8,2% del total de mujeres de 16 y más años que han tenido pareja en alguna ocasión. En el caso de las chicas de 16 y 17 años el porcentaje asciende al 15,1%.

Los datos hablan por sí solos. El porcentaje de mujeres jóvenes que han sufrido violencia de género, en cualquiera de sus manifestaciones o, específicamente, violencia psicológica de control y violencia psicológica emocional es enormemente elevado. Más elevado, incluso, que el de la media de mujeres españolas. Este dato no se conocía hasta ahora y refleja un panorama preocupante  respecto a la población  más joven. La investigación realizada es, hasta el momento, puramente descriptiva, por lo que estamos en condiciones de afirmar lo que sucede, quedando pendiente de ser analizado y estudiado en profundidad  el porqué sucede, cuáles son las causas reales de que esto ocurra en la actualidad. Pese a esa labor pendiente, podemos adelantar ya algunas explicaciones de esta realidad que se basan en la información obtenida por otras encuestas realizadas por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género. Con ellas entramos a reflexionar acerca de la segunda y tercera conclusión que recogíamos al inicio de estas páginas: por una parte, entre los jóvenes, y aunque parezca difícil de creer, persisten roles sexistas y desigualitarios entre hombres y mujeres; junto a ello, la población de menos edad percibe las desigualdades entre unos y otras en menor medida que la gente de mayor edad.

EL SEXSISMO

Primero: el sexismo. La población joven y adolescente repite roles sexistas y recibe de sus familias un acervo cultural peligroso por sexista, con frases escuchadas hasta en el 75% de los hogares en los que se insiste en que “los celos son una expresión del amor” o con un 20% de chicos que han escuchado a personas adultas cercanas la afirmación de que “las mujeres deben evitar llevar la contraria al hombre al que quieren”.

En la encuesta “La evolución de la adolescencia española sobre la igualdad y la prevención de la violencia de género”, realizada en el año 2013 a más de 8.000 estudiantes de primaria, bachillerato y formación profesional, queda patente como en este grupo de población persisten las ideas sexistas. Tanto en los chicos como en las chicas, más del 30% opina que “el hombre que parece más agresivo es más atractivo”. Algunas de estas ideas se mantienen más en los chicos, ya que más del 30% piensan que “está bien que los chicos salgan con muchas chicas”, pero “las chicas no pueden salir con muchos chicos” o que “un buen padre debe hacer saber al resto de su familia quién es el que manda”, frente al casi 9% de las chicas que lo piensan.

Además de desigualitario, nuestra población joven recibe y se identifica con un acervo cultural peligroso por lo aceptada que está la violencia. Ocho de cada diez jóvenes han escuchado el consejo de personas adultas cercanas de que “si alguien te pega, tú tienes que responder pegando también”. Esto se ha traducido en datos tales como el que seis de cada diez chicos y tres de cada diez chicas justifican el agredir a alguien que te ha quitado lo que era tuyo o el dato que cinco de cada diez chicos y una de cada cuatro chicas justifican el pegar a alguien que te ha ofendido.  Esta cultura de aceptación de la violencia tiene su plasmación también  en la faceta de  las relaciones afectivas y normaliza parámetros de comportamiento no adecuados entre las parejas jóvenes. Como muestra un botón: cuando se les pregunta, el 13% de los jóvenes responde que “no es maltrato el pegar a la chica con la que sale”  y uno de cada seis chicos no considera maltrato “hacerle  sentir miedo”  o “decirle que no vale nada”.

Unida a la violencia, como se indicaba al principio, la juventud percibe que se justifican los celos como una expresión del amor. El 75% de la juventud ha escuchado en su entorno de adultos cercanos que los celos son una expresión del amor. Esto se puede malinterpretar por estos jóvenes en el sentido de entender que, si te quiero mucho, tengo que ser celoso o que cuantos más celos tenga más significa eso que te quiero. A la hora de aclarar cómo se manifiestan estos celos la respuesta es clara: a través del control. En este sentido, uno de cada seis chicos no considera maltrato “decirle a su chica con quién puede o no hablar” o “a dónde ir” o “tratar de que no vea a sus amigas”, en resumen, controlar todo lo que hace.

La conexión entre la aceptación de los celos – fruto de la transmisión cultural y familiar – y la violencia psicológica de control resulta evidente. Y la presencia de la violencia en la cultura juvenil, unida a las concepciones desigualitarias, es un buen caldo de cultivo para la normalización de las conductas de violencia de género. De ahí la importancia de transformar los valores culturales para lograr que esta forma de violencia desaparezca y el peligro  de que se perpetúe  mientras se mantengan principios  que le sirven de fundamento  social espiritual.

LA BAJA PERCEPCIÓN DE LA DESIGUALDAD ENTRE HOMBRES Y MUJERES

Segundo: la baja percepción de la desigualdad entre hombres y mujeres. La juventud de entre  15 y 29 años percibe  menos que  las personas adultas (hasta diez puntos  por debajo) la desigualdad entre hombres y mujeres, como si en esa creencia falsa de que la igualdad estaba ya conquistada se hubiera rebajado la alerta frente a la discriminación.

A pesar de ello, sí que se puede apreciar con cierto optimismo el hecho de que la juventud percibe que la desigualdad de género es grande, si bien mucho menos que la población general. Es relevante que esta desigualdad sea siempre percibida en mayor medida por las chicas: los jóvenes perciben que las desigualdades son grandes en un 44% mientras que las jóvenes, que las padecen en los diversos aspectos de su vida, lo hacen en el 63%. Cuando se analiza este dato en los diferentes aspectos que se desagregaron en la encuesta se aprecia que la posibilidad de compaginar la vida laboral y familiar es el aspecto en el que la juventud señala que la mujer está peor situada que el hombre – con un 77,2% -, seguida muy de cerca del tema de los salarios que perciben las mujeres respecto a los hombres – con un 74,6% -.

Otros dos aspectos relevantes, que son señalados por más del 60% de la juventud, son el acceso a puestos de responsabilidad en las empresas así como en las posibilidades  de ascensos en el trabajo. Casi el 50% señala la peor perspectiva de la mujer en la estabilidad en el puesto de trabajo, en las oportunidades de encontrar empleo y en el acceso a puestos de responsabilidad política. El aspecto más igualitario que destacan nuestros jóvenes es el acceso a la educación.

Es evidente que “dar las cosas por logradas” supone colocarse en una posición que resta a las mujeres – y a la sociedad en general – capacidad de reacción y contundencia frente a eventuales discriminaciones que, antes, las mujeres tenían más presentes, con la consiguiente  rapidez y beligerancia  en la respuesta pública.  Esta actitud  más pasiva o desinteresada respecto al problema  se aprecia en otros aspectos relativos a la llamada “lucha por la igualdad”  como, por ejemplo, el bajo asociacionismo de las mujeres jóvenes en organizaciones feministas y la casi total  ausencia de este tipo  de entidades entre la población de menor edad.

VIOLENCIA DE GÉNERO EN LA ERA DE INTERNET

Decíamos, también al principio, que hoy las personas jóvenes carecen de conciencia acerca del riesgo que, en este ámbito, pueden suponer las nuevas tecnologías o que presentan una percepción muy baja del mismo: puede llegar a afirmarse que la juventud, nativa digital, no tiene conciencia del riesgo en el uso de las nuevas tecnologías, y puede emplear -y de  hecho  emplea-  los  medios  digitales  como  vehículos para  ejercer  violencia  de género.  De este modo, por ejemplo, no percibe como conductas de riesgo quedar con un chico o una chica que han conocido en internet, tal y como afirman uno de cada dos chicos y una de cada cuatro chicas. Tampoco se considera arriesgado, aunque en menor medida, responder a un mensaje de un desconocido que le ofrece cosas o colgar una foto suya de carácter sexual.

Cuando se pasa de la mera percepción a los actos reales y diarios de nuestra gente joven, los datos son los siguientes y corroboran la afirmación inicial de la baja consideración del riesgo: seis de cada diez adolescentes han aceptado como amigo o amiga en la red a una persona    desconocida,     incluso    han    llevado     a    cabo     conductas    de     riesgo de grooming (acciones deliberadas por parte de un adulto  de cara a establecer lazos de amistad con un niño o niña en Internet, con el objetivo de obtener una satisfacción sexual mediante imágenes eróticas o pornográficas del menor o incluso como preparación para un encuentro sexual)ya que uno de cada cuatro adolescentes han colgado una foto suya que su padre o su madre no les autorizarían, siendo en el 3 % de los casos de carácter sexual, con el consiguiente riesgo de sufrir sexting (envío de material privado sin consentimiento por parte de personas a través del teléfono móvil o de Internet en el que se muestran fotografías o videos de conocidos, amigos o parejas de carácter erótico y de índole privada), o una de cada cinco chicas ha quedado  con un chico o una chica que ha conocido  a través de internet.

Las nuevas tecnologías han creado una nueva forma de relacionarse en la juventud, con diferencias también entre los chicos y las chicas. Si los jóvenes muestran una tendencia a relacionarse mejor con otras personas por internet que “cara a cara” porque les resulta más fácil para mostrarse como les gustaría y compensar ciertas dificultades de relación, las jóvenes, en cambio, utilizan las redes para no sentirse solas o establecer más relaciones. Un aspecto interesante de  la morfología  de  las relaciones en internet  es que  la violencia también se ejerce y perpetúa  en las redes. Las encuestas nos dicen que el 23% de los jóvenes y el 17% de las jóvenes, ha difundido mensajes en los que se insulta u ofende a otras personas y que más del 50% de jóvenes han respondido  en dos o más ocasiones a un mensaje en el que le insultan u ofenden.

Pero además, igual que en otras facetas de la vida, también las relaciones de pareja se han proyectado a las redes sociales y, consecuentemente también las formas de ejercer la violencia de género. Esto tiene una especial incidencia en las personas jóvenes, dado que son el grupo social que mantiene un vínculo más directo y permanente con esta nueva estructura típica de la sociedad de la información y el conocimiento. A su vez, esta violencia en la pareja en alguna medida  se está transformando con nuevas formas de expresión dentro del llamado mundo digital.

El ciberacoso aparece así como una vía para ejercer la violencia en las relaciones de pareja, limitando  la libertad de las jóvenes y dando lugar a relaciones de dominio  y desigualdad entre chicos y chicas que tienen o han tenido una relación afectiva. El ciberacosador emplea estrategias humillantes que afectan a la privacidad e intimidad  de la víctima, causándole, además, un daño en su imagen pública. Además, otra realidad que ha alumbrado el uso de las redes sociales en las relaciones de pareja es la dificultad que añade su uso para cerrar definitivamente la relación o disminuir su intensidad con la consiguiente y excesiva presión psicológica y control social. Así las cosas, podemos decir que el control de la comunicación de Facebook, Whatsapp,… o del móvil, son nuevas formas de ejercer el dominio  en la pareja. Por ejemplo, el 25,1% de las chicas adolescentes afirman haber sufrido control abusivo a través del móvil.

Los jóvenes reconocen realizar muchas más conductas de riesgo de ciberacoso; se encuentran  sobrerrepresentados  en  las respuestas. Pero las mujeres jóvenes son  más vulnerables a este daño por la desigualdad en la consideración social a la que se someten los comportamientos y las imágenes de las mujeres en las relaciones de pareja, por lo que su vivencia es muy traumática. Los estereotipos  tradicionales que  siguen existiendo  en las relaciones sociales entre hombres y mujeres, relacionados con los roles sexistas que existen y que, como exponíamos, se mantienen en la juventud, se proyectan en la violencia de género ejercida en el mundo de internet y las redes sociales.

Precisamente por ello, la reforma del Código  Penal, llevada a cabo en el año 2015, atendiendo  a la información suministrada por todas estas investigaciones, incluyó la tipificación  del delito  de acecho u hostigamiento  por medios digitales contra una mujer como otra forma más de ejercer violencia contra ella, en una muestra de realismo y actualización de nuestro Derecho punitivo a los tiempos actuales.

LA NORMALIZACIÓN DE LOS COMPORTAMIENTOS VIOLENTOS

Queda la reflexión penúltima: como sus mayores, también los chicos y chicas más jóvenes normalizan las conductas menos extremas de maltrato, considerando aceptables -o poco graves- los insultos, la violencia psicológica, el control de horarios, el aislamiento o el decirle a la mujer, “si debe o no debe estudiar” o “que puede o no puede hacer“.

Para empezar, hay que destacar es que una parte  importante  de la juventud  no tiene conciencia de  cuáles son los comportamientos  que  constituyen la violencia que  se ejerce contra la pareja y en ello  no  se diferencian de  sus mayores. Las formas más extremas como la violencia física o la violencia sexual presentan un rechazo de casi el total de la población juvenil, siempre más entre las jóvenes que entre los jóvenes, pero esto no es tan claro con las formas más sutiles de violencia. El 33% de los jóvenes de entre 15 y 29 años considera inevitable o aceptable en algunas circunstancias que se ejerza la violencia de control. Al preguntar a los jóvenes sobre ella precisando comportamientos muy concretos de la vida diaria y fáciles de identificar, uno de cada tres jóvenes ha respondido que son inevitables  o  aceptables  en  determinadas  circunstancias. Además, las jóvenes son más tolerantes con las conductas relativas a la violencia de control que sus congéneres de más edad. En estas conductas concretas, las mujeres jóvenes resultan ser el grupo de mujeres menos críticas con algunas de estas conductas vinculadas al control  de la vida de la pareja.

Vemos cómo las relaciones afectivas y sociales de los jóvenes están plagadas de comportamientos que son objetivamente discriminatorios e inadmisibles, verdaderas señales incipientes  de  violencia,  que  además  anticipan  otras  manifestaciones más graves de maltrato. Es decir la violencia contra la mujer por razón de género se “cuela”  entre los jóvenes por la afectividad que está, como se ve, implícitamente plagada de valores machistas.

Además, según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2015, las mujeres jóvenes de 16 a 24 años denuncian la violencia de género en menor medida (17,3%) que las de 25 y más años (29,6%). Entre los motivos esgrimidos para justificar por qué no se ha denunciado, el hecho de otorgar poca importancia a lo sucedido sobresale entre las más jóvenes (56,8% lo citan como motivo), frente a las mujeres de 25 y más años (43,2%). Esto puede ser debido al no reconocimiento de los comportamientos violentos ya que un análisis de los datos de la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2015 ha mostrado cómo mientras que entre las mujeres que han sufrido situaciones graves de violencia física junto con violencia sexual, el porcentaje de quienes afirman que no denunciaron por no considerar los hechos importantes es del 14,8% entre las mujeres que afirman haber sentido miedo de sus parejas pero sin situaciones de violencia física o sexual, este porcentaje asciende al 67,8%.

Hay otro dato, positivo. Mientras que en edades más adultas se les aconseja menos a las víctimas de violencia física, sexual o de miedo, que abandonen la relación con el maltratador, a las mujeres de menos de 25 años se les aconseja más que lo hagan. Algún miembro de la familia de la mujer, en concreto, se lo ha sugerido a un 97,8% de las chicas de 16 a 24 que la ha sufrido, en comparación con el 78,8% de las mujeres de más de 25 años. En el caso de un no familiar (generalmente alguna amiga), los porcentajes pasan a un 98,9% y a un 83,8%, respectivamente. Este aspecto es fundamental ya que aquellas mujeres que tras contar su situación a alguien del entorno han recibido el consejo de dejar la relación violenta tiene un probabilidad  2,5 veces mayor de dejar la relación que las mujeres que no cuentan a nadie su situación de malos tratos. Por tanto, continúa siendo imprescindible concienciar a la sociedad de la necesidad de apoyar a las víctimas para que éstas rompan el silencio que tradicionalmente ha acompañado a la violencia de género, razón por la que se reiteran las campañas institucionales en esta dirección.

VIOLENCIA DE GÉNERO Y SALUD

La violencia de género, sea del tipo que sea, tiene graves consecuencias sobre la salud de las mujeres afectadas que perduran en el tiempo. Por ejemplo, aquellas mujeres que en la actualidad están sufriendo violencia física y/o violencia sexual por parte de alguna pareja o expareja tienen una probabilidad  7 veces mayor de sufrir depresión y casi 6 veces mayor de sufrir ansiedad que las mujeres que no han sufrido nunca violencia de género. Pero la violencia que se sufrió en el pasado también tiene consecuencias muy serias en la salud actual de las mujeres afectadas, que tienen 3 veces más probabilidades  de padecer ansiedad o depresión si en el pasado sufrieron violencia física y/o sexual y 1,5 veces más probabilidades si en el pasado fueron víctimas de violencia emocional aunque no sufriesen violencia física o sexual. La violencia de control,  cuando no va acompañada de otras formas de violencia, es la que menos secuelas tiene en el largo plazo en la salud de las mujeres. La violencia de control, exageradamente presente en las mujeres jóvenes, a menudo es la primera expresión de una relación violenta. Por lo tanto, es fundamental detectarla cuanto antes para minimizar las consecuencias sobre la salud de las mujeres afectadas. Detectarla en los centros educativos o en los centros de salud, pero también dotar a las mujeres jóvenes de instrumentos (test de autodetección, campañas de sensibilización) que les permitan detectar las primeras señales del maltrato resulta esencial.

Las personas jóvenes comienzan cada vez más temprano sus relaciones de pareja (en el año

2010 la edad de comienzo era 13,5 y en 2013 13,1 años. Las chicas mantienen la edad de inicio de relación prácticamente igual, pasa de 13,8 años en 2010 a 13,7 años en 2013), por lo que es fundamental educar desde la infancia tanto a los chicos como a las chicas para que cuando lleguen a la adolescencia establezcan relaciones sanas y no violentas. Es un enorme desafío para la sociedad actual educar a nuestros jóvenes para que cuenten con una conciencia crítica que les permita  enfrentarse a contenidos  audiovisuales brutalmente machistas que sexualizan y cosifican las relaciones y el cuerpo de la mujer y que impregnan de violencia las relaciones afectivas. La publicidad,  el marketing y los contenidos audiovisuales son buenas muestras de hasta qué punto estamos inmersos en una sociedad culturalmente injusta con las mujeres y muy peligrosa en la imagen que de ellas se transmite.

UN ANTÍDOTO FRENTE A LA VIOLENCIA DE GÉNERO: LA CONCIENCIACIÓN

A pesar de que estos datos puedan resultar desesperanzadores, como aspecto positivo y reflexión final de este trabajo, es necesario señalar que la juventud también percibe los esfuerzos de  la  sociedad  para  la  erradicación  de  la  violencia  en  la  pareja  y este conocimiento supone una cierta inmunidad frente a ella. Las personas jóvenes de entre 15 y

29 años que conocen la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, el teléfono 016 de información y de asesoramiento jurídico o que recuerdan alguna campaña de sensibilización sobre la violencia en la pareja, consideran inaceptable la violencia de género (69%) con diez puntos porcentuales más que aquéllos que no conocen ninguna de estas medidas (59%). Son las jóvenes  (84%) las que conocen alguno de estos tres recursos en mayor porcentaje  que ellos y además esta información se halla cuatro puntos por encima en el conocimiento que en el total de mujeres (80%).

Por su parte, las campañas de sensibilización también parecen tener un papel clave. La mitad  de la población  adolescente y joven recuerda alguna campaña de sensibilización. Además, estas campañas – para los que las recuerdan -, les resultan de utilidad. Un 78% de la población adolescente y joven piensa que las campañas de sensibilización contra la violencia de género ayudan a concienciar a la sociedad sobre este problema y el mismo porcentaje cree que sirven para ayudar a las víctimas a tomar conciencia de su situación. Las personas jóvenes que  recuerdan alguna campaña de  sensibilización piensan que  estas campañas ayudan a concienciar a la sociedad sobre la violencia de género en mayor medida (80%) que quienes no recuerdan ninguna campaña de sensibilización (76%). El recuerdo parece que está relacionado  con la edad,  cuanto más edad,  mayor es la frecuencia de quienes se acuerdan de haber visto alguna campaña (34% de quienes tienen entre 15 y 17 años, 52% entre los/as jóvenes de 25 a 29).

Y este conocimiento parece sirve de “vacuna”  para rechazar la violencia en la pareja. Entre quienes recuerdan alguna campaña contra la violencia de género, el porcentaje de rechazo a la violencia de  control  y a la violencia física-sexual es mayor que  entre  quienes no recuerdan ninguna. En concreto, el 71% de quienes recuerdan alguna campaña consideran totalmente  inaceptable  la violencia de  control  frente  al 64% de  quienes no  recuerdan ninguna y el 98% de quienes recuerdan alguna campaña consideran la violencia física-sexual totalmente  inaceptable  frente  al  96% de  quienes  no  recuerdan  ninguna  campaña. La realidad del maltrato no solo les llega en la ficción, también algunos conocen casos reales. Un 58% de jóvenes que conocen algún caso de maltrato afirman recordar alguna campaña, frente al 43% de quienes no conocen a ninguna mujer que haya padecido dicha violencia.

También es necesario trabajar por  la mejora en su posición profesional y vital y por  la igualdad de las mujeres porque también conocemos por la Macroencuesta que existen una suerte de antídotos contra la violencia de género.  Se aprecia menos riesgo de sufrir violencia de género cuando existe un mayor grado de autonomía en la mujer, se comparten las tareas del hogar entre la pareja y las mujeres tienen una mayor red social (algo que suele evitar el maltratador que lo primero que busca es aislar a la víctima y dejarla sola). Hay datos que ponen de manifiesto cómo el grado de autonomía de la mujer que sufre violencia, su efectiva integración en redes de apoyo social que se preocupen por lo que le sucede y en las que pueden apoyarse, así como la no identificación con el modelo tradicional de división del trabajo doméstico y la implicación de los hombres también en el cuidado del hogar y de los hijos e hijas, pueden incidir en la reducción del riesgo de maltrato hacia la mujer.

UNA NUEVA CARA DE LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER: LA VIOLENCIA FÍSICA Y SEXUAL FUERA DE LA PAREJA

Por último y por su gran importancia, es conveniente resaltaruna nueva cara de la violencia contra la mujerque ha salido a la luz en la Macroencuesta del año 2015, con la intención de que fuera el inicio de un camino largo que está por recorrer: el de la violencia física y sexual fuera de la pareja. Los datos de los que se disponen son pocos, pero, por primera vez, la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2015preguntó acerca de la violencia física y sexual que han sufrido las mujeres fuera de la pareja. Además, para poder  estimar la prevalencia de esta violencia en la infancia, se preguntaba si esta violencia se había sufrido antes o después de los 15 años de edad. Para que no ofrezca duda de a lo que se refiere, la violencia física se ha contemplado  con ítems tales como  si alguien con quien la mujer entrevistada no haya tenido  un relación de pareja, le ha pegado, dado patadas o hecho alguna otra cosa con intención de hacerle daño físicamente, si le ha tirado algo, si le ha agarrado o tirado  del  pelo,  si le ha intentado  asfixiar o quemar a propósito  o si le ha amenazado con usar o ha usado una pistola, cuchillo o alguna otra arma. Y la violencia sexual con actos concretos tales como obligarle a tener relaciones sexuales que al final no tuvieron lugar, si ha intentado obligarle a realizar cualquier tipo de acto sexual que no quería realizar, si le realizó tocamientos de tipo sexual o hizo alguna otra cosa de tipo sexual que no quería, si la ha obligado  a mantener relaciones sexuales cuando no quería, amenazándola, sujetándola, o poniéndola en una situación en la que no podía decir no.

La prevalencia de la violencia física de parte de agresores que no son ni han sido pareja de la mujer es más elevada entre las mujeres de 16 a 24 años (18,1%) que entre la mayores de

25 años (10,8%). En cambio, cuando se trata de la violencia sexual fuera de la pareja o ex pareja,  las jóvenes de  16 a  24 años (6,8%) no  indican  haber  tenido  una  experiencia significativamente distinta del resto (7,2%).

Frente a la arraigada creencia social de que las agresiones sexuales fuera del ámbito de la pareja son mayoritariamente ejercidas por  desconocidos, un análisis de los datos de la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2015 ha revelado que la tipología  de agresor varía de forma relevante en función del tipo de violencia. Así:

–          En el caso de las mujeres que han sufrido una violación, el 47,1% afirman que el agresor era un hombre amigo o conocido, el 23,2% afirman que el agresor era un familiar masculino y el 18,8% afirman que el agresor era un hombre desconocido.

–         En el caso de las mujeres que han sufrido un intento de agresión sexual pero no una violación, el 41,8% afirman que  el agresor era un hombre  amigo  o conocido,  el 19,2% afirman que el agresor era un familiar masculino y el 30,0% afirman que el agresor era un hombre desconocido.

–         En el caso de las mujeres que han sufrido tocamientos y otras formas similares de violencia sexual pero que no han sufrido una violación ni un intento de violación, el 21,2% afirman que el agresor era un hombre amigo o conocido, el 13,2% afirman que el agresor era un familiar masculino y el 50,5% afirman que el agresor era un hombre desconocido.

Es decir, mientras que  en  el  caso de  los tocamientos  y formas de  agresión sexual similares el porcentaje  de  desconocidos es algo  superior al 50%, en el caso de  las violaciones sólo el 18,8% han sido cometidas por desconocidos, lo que contrasta con la percepción social existente sobre esta materia.

CONCLUSIÓN

Con todo este magma de información en la mano, se han ido poniendo en marcha nuevas actuaciones públicas contando con la inestimable colaboración de la sociedad civil: en el ámbito  de  la educación, el  deporte,  la asistencia, la justicia, la seguridad,  las nuevas tecnologías o las campañas de sensibilización. Todo ello sería materia de otro artículo más propositivo   que  descriptivo,  como  hemos  considerado  que  debía  ser  éste,  dado  el importante valor pedagógico de esta información. No obstante, sí que es necesario recalcar que el objetivo de todas las medidas adoptadas era siempre el mismo y siempre triple: por un lado, ayudar a detectar tempranamente las primeras señales de la violencia de género a través de ejemplos concretos de conductas, por otro, decirle a la mujer o a su entorno qué se puede hacer para salir del círculo de violencia de género, una espiral que siempre va in crescendo y, finalmente,  ayudar a la sociedad  a tomar  conciencia de  la gravedad  del problema y a comprometerse con su solución, apostando por una sociedad libre de cualquier forma de violencia contra la mujer.

Artículo realizado por Blanca Hernández Oliver, ex Delegada del Gobierno para la Violencia de Género y letrada de las Cortes Generales; e Inés Doménech del Río, ex Subdirectora General de Prevención, Conocimiento y Sensibilización de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género y coordinadora de la Unidad Forense Integral de Violencia de Género del Instituto de Medicina Legal en Málaga y publicado en la Revista Metamorfosis.

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